Capítulo 2. ¡Estamos de obra! I. La apacible sobremesa.
Un aliciente para la cada vez más en desuso siesta, es la sobremesa africana, franja horaria televisiva de documentales a partir de las tres en el que algunas cadenas hacen un paréntesis televisivo entre los programas del cotilleo, que han elevado al chismorreo al primer puesto del ranking en las aficiones españolas, para emitir concursos de carácter cultural o los aclamados documentales de la sobremesa.
Ernesto, aprovechando la cercanía a su trabajo gozaba de una oportunidad inmejorable para poder tumbarse en el sofá y mecerse con la reconfortante voz del locutor que se debía estar forrando con la narración de dichos documentales. De tres a cuatro y media podía viajar al Serengeti, espiar a guepardos, leones, elefantes, ascender al Kilimanjaro o bien bucear entre corales caribeños bañarse entre delfines, ballenas y caballitos de mar.
Esta apacible afición por seguir los documentales entre pestañeos empezó a ser brutalmente arrebatada, no había tarde en la que no sonase el portero automático, el timbre de la puerta o por supuesto esas extrañas llamadas en las que no se sabe si está llamando una teleoperadora o una banda de falsificadores que con la excusa de ofrecer por tiempo limitado algún servicio tratan de sacarnos información de hábitos, números de tarjeta de crédito….
El caso es que por lo inoportuno del momento y ante la avalancha de verborrea desaforada archirepetida solo deja dos opciones, interrumpir al operador de la manera más fría posible y negar cualquier interés, fuera lo que fuese o bien dejar explayarse al operador y terminar diciendo “no me interesa” en la creencia de que eso debería desanimar futuras interrupciones del sueño, cosa inútil por otro lado.
Paula por lo general solía tomar la primera opción pero Ernesto aumentaba las opciones a una tercera vía, la peor, escuchar e intentar dar respuestas que permitieran al operador desarrollar toda clase de argumentos de venta que resultan infalibles y que, poco a poco, acaban arrinconando al espabilado que trata educadamente de declinar la oferta. El desenlace pasa por asumir con la mayor entereza posible que se es gilipollas, que usted entiende claramente que ante un producto mejor y más barato solo un gilipollas profundo preferiría seguir pagando por el que ya tiene, que ante todas las pruebas evidentes aportadas desde el otro lado del teléfono, usted tiene contratado un servicio que le ofrece menos y más caro por lo que el teleoperador, consciente de que no tiene posibilidades de endosar nada a nadie a dado con el tipo más cazurro, más terco y más estúpido de la semana. Y todo esto con la vaga esperanza de que este hecho irrefutable quede anotado en alguna base de datos como “tonto del culo, no llamar” en negrita y con doble subrayado y que el tiempo demostrará es el equivalente a cazar un elefante para un teleoperador, altamente motivante.
Claro está que alguna vez una de esas llamadas debía ser para algo real, tangible, algo que obligara a renunciar a ese masaje cerebral, pues bien, no habían pasado ni dos semanas desde la reunión de vecinos cuando llamaron al timbre unos obreros, uniformados con una capa de polvo, cemento y pintura dispuestos a acceder a la vivienda para comprobar por donde debían empezar a picar.
Uno de los obreros, el cabecilla, solía entonces explicar en una o dos frases elementales el motivo exacto de la necesidad de acceder a la vivienda obviando que nadie se había tomado la molestia de informar sobre la fecha de inicio de las obras así como del lugar por donde estas iban a comenzar.
Tras las una serie de réplicas encaminadas a conocer con exactitud qué tenían que hacer y cuanto iba a durar su presencia, los obreros llegaron a la conclusión de que no era necesario romper azulejo alguno para instalar las nuevas bajantes en dicha vivienda dada la especial ubicación de la vivienda, el ático, por lo que tenían que romper desde el techo de la vecina del quinto.
Esta inquietante visita fue el preludio de un ir y venir de hombres descargando toda clase de materiales en el portal, tubos, sacos de cemento, yeso, azulejos, picos, martillos…La primera Gran Obra había comenzado, de improviso, de la sobremesa a la noche los martilleos, los cortes de agua, los gritos en la escalera, los sacos de escombro acumulándose en el portal se habían apoderado del edificio y habían desterrado la tranquilidad del edificio.
Por suerte para Paula y Ernesto, que habían convivido con la clase obrera hasta hacía poco, este hecho se limitaba a un contacto externo que iba desde el otro lado de la puerta de su casa hasta el portal, ya arreglado pero que debía permanecer abierta toda la jornada.
Las conversaciones sobre la incomodidad de las obras suelen evolucionar conforme avanza el hartazgo de quienes las sufren. Estas siempre se basan siempre en el resignado argumento de “un mal necesario” o el revolucionario “ya era hora de que arreglasen algo” e incluso el reivindicativo “esta gente podría limpiar un poquito”. De este modo siempre que se cruzaban con algún vecino la dinámica se repetía, probablemente porque era imposible caminar con cierta fluidez entre tanto saco y tanto tubo sin evitar resbalarse con el polvo del suelo que obligaba a sujetarse con fuerza y dejar una huella en forma de palma sobre el pasamanos o salir a la calle y percatarse de que uno tenía la espalda de la chaqueta blanca tras rozar la pared al ceder el paso de los obreros que subían y bajaban sin problema alguno, claro que ellos gozaban de una adherencia especial basada en la interacción entre el polvo del suelo y el que ellos utilizaban en sus botas para mantener el equilibrio y la tracción.
Es increíble la voracidad que tienen los contratistas para iniciar obras, en tan solo un mes habían cambiado todas las bajantes de hojalata a PVC y ya estaban de nuevo tocando al timbre de la puerta para examinar desde la terraza que posibilidades había de colocar un andamio o fijar sujeciones a la pared para descolgarse por la fachada y así repararla. Esta última opción era la única posible ya que la marquesina de los locales obligaría a invadir la calzada si usaban andamios.
Es posible que la buena fe o la permisividad de Ernesto fuesen culpables de lo que iba a acontecer en las fechas siguientes. Los nuevos obreros sin la presencia de su cabecilla, habían elaborado un entramado de cuerdas y mallas que se sujetaban a unos anclajes temporales, que no habían tenido problemas para tejer entre el mobiliario, nuevo, de la terraza, rodeando sillas, patas, mesas y todo lo que la cuerda encontrara en su camino, así que nada se podría mover de su sitio durante semanas.
Las perturbaciones eran ya cotidianas y habían franqueado sin pudor la frontera que había supuesto hasta entonces la puerta del Sexto A, posiblemente como represalia a la inmunidad en la anterior obra. Todas las mañanas a eso de las ocho dos obreros impecablemente polvorientos llamaban al telefonillo y con un “buenos días” que dejaría de existir conforme la obra se alargaba daría paso a la rutina timbre, susto, pijama, puerta, legañas, pelo, polvo, polvo, polvo, polvo, huellas, terraza.
Una tarde, durante una de las sobremesas africanas de Ernesto, el cabecilla volvió a aparecer, quería solicitar permiso para utilizar el grifo de la terraza ya que la toma de agua del portal quedaba muy lejos, gasto que “la comunidad asumiría”. Probablemente fue la buena fe la que dictó la respuesta de Ernesto o quizás la probable certeza de que aún negándose a ello lo harían de todas formas hasta que no regresara del trabajo, fuera la que fuese, esta amable cortesía dio paso a un traslado del centro de operaciones del portal a la terraza del Sexto A.
Hasta allí se trasladaron todos los arneses y elementos para continuar jornada a jornada la escalada o descenso por la fachada. Ernesto cocinaba viendo a los polvorientos en la terraza, haciendo mezclas, cambiando anclajes e incluso agitando contra el suelo su escoba y su recogedor que quedarían infectados de polvo y pegotes, otra más para anotar a la comunidad.
“No será para siempre” es lo que golpea la cabeza de todo hombre paciente antes de estallar en un ataque de sinrazón injustificado ante la injusticia, el abuso y la costumbre de los polvorientos de trepar por la fachada con sus tarteras y hacer el merecido descanso para comer, en su terraza, con su mesa y sus sillas, anotar las sillas rotas.
El final de toda reforma o rehabilitación se intuye cuando los obreros limpian, barren y recogen sus polvorientas pertenencias. Los polvorientos en un afán de limpiar lo más cómodamente posible, afán que extienden a todo lo que hacen, entendieron que para esta tarea era mucho más efectivo eliminar los restos de obra desperdigados por la terraza utilizando las propiedades del sumidero en combinación con la manguera y algún escobazo para maximizar el arrastre, inocente gesto cuyas consecuencias nadie imaginaría si lo pensase tan solo un segundo.
Los últimos días, Ernesto entre sartenes y ollas hirviendo podía observar a uno de ellos como hacía esta tarea bajo la lluvia, una de esas tormentas que se cuelan antes del verano, pero el hastío, la falta de fe en el ser humano o el deseo de una sobremesa africana sin interrupciones le contenían, era mejor no abrir la ventana y mandar a la mierda al inocente obrero que seguramente no entendería un castellano tan claro y conciso, se limitó a seguir cocinando en pos de un poco de paz mientras rumiaba un “¡váyanse a la mierda!”, que es la versión fina de mandar a tomar por culo.
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- Publicado:
- diciembre 19, 2009 / 4:05 am
- Categoría:
- Capitulo 2
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