La comunidad del ático IV. La brisa
Como iba diciendo, Ernesto y Paula eran para entonces tres. ¡Nooo!, no me refiero a un bebé en camino, Brisa era un regalo del padre de Ernesto, Rafael, fruto de la casualidad y el frío de la noche extremeña que obligaron a una diminuta cachorrita de raza mestiza a buscar refugio debajo de las ruedas del coche de éste y quién, a la mañana siguiente a una de las noches más frías que se recuerdan, escucho sollozar mientras calentaba el coche.
No debía ser más grande que un cuaderno, eso y el adorable rostro manchado de blanco y cobre fueron irresistibles a los ojos de Rafael. Claro está, Rafael no podía atenderla así que decidió regalársela a Ernesto aunque tras un breve periodo de cuarentena con Silvia, una de las hermanas del Ernesto, mientras se hacía definitivo el traslado al sexto A.
Después de tres semanas de lombrices, heces líquidas y demás parásitos que todo cachorro tiene dentro de ese delicioso envoltorio, Brisa estaba más que lista para conocer a su familia definitiva, Paula y Ernesto.
La entrega fue rápida a pesar del cariño que Silvia había adquirido por la pequeña peludita, y aunque la entrada al hogar fue algo accidentada1 Brisa mostró un enorme interés en aprender a hacer sus necesidades solo donde estaba colocado el papel de periódico, debido quizás al escaso interés de la susodicha por la prensa y sus columnas de opinión, el caso es que tan solo tuvieron que fregar, limpiar, recoger, fregar, limpiar, recoger, fregar, limpiar y recoger diversas micciones no autorizadas y algunas caquitas que revelaban las lúdicas tardes de Brisa rebuscando objetos que comerse, especialmente gomas de pelo, rellenos de peluches, partes varias de todas las zapatillas y una extraña afición por las servilletas de cocina.
La verdad, ya había superado la etapa de llorar por la noche, podía quedarse tranquilamente durmiendo fuera de la habitación, el problema era que Paula veía tan delicada a la intrépida can que cada noche debía negociar con Ernesto la posibilidad de que esta entrase al cuarto, solo al cuarto. El asunto se estabilizó, Paula cedía a los cinco minutos y Brisa se levantaba todas las mañanas detrás de la puerta del dormitorio después de una fresca noche sobre las gélidas baldosas en un pasillo que aúnan dos condiciones excelentes para la criogenización, frío y humedad.
A pesar de que la bichilla empezaba a crecer a lo largo pero manteniendo la misma distancia sobre el suelo no le resultaba duro dormir en tales condiciones, y aunque Paula y Ernesto conocían las duras condiciones en las que fue encontrada, fue una noche de enero en la que la sensación térmica dentro del hogar era de 3º C menos que en el exterior ( bueno este es un hecho constante y diario a excepción de la estancia en la que se encuentre el radiador eléctrico y siempre que éste permanezca encendido) cuando Paula convenció a Ernesto.
Paula se levantó disgustada de la cama por la tremenda dureza de Ernesto con Brisa, a la que nunca permitía dormir en la habitación. Aquél frío era inhumano, nadie podía soportarlo, y la idea de tener a una cachorra hecha una pelotilla detrás de la puerta, fuera del alcance de la calefacción era algo que no dejaba a Paula conciliar el sueño, así que abrió la puerta y – ¡ Brisa!, ¡venga, a la cama!.- Brisa se desenredó, y con una ligera carrerilla saltó a sobre la cama y se quedó quieta a la espera de la respuesta humana.
Paula cerró la puerta para mantener el calor que se disipaba rápidamente con la entrada de aíre gélido de componente pasillo norte y se metió de nuevo en la cama. La perrilla se echó encima y – ¡Por Dios!, ¡pero mira como están sus patitas!, ¡está congelada!, ¡ay mi pobrecita Brisa, estás helada!, anda, tócale las patitas para que veas que frío tiene.-
Ernesto sacó la mano de debajo de la manta y cogió la pata delantera izquierda de Brisa – Uy!, si, está heladita, ¿haber?, ¡umm!, tiene las patas húmedas y el pelo… ¡está fresquita!.-, Paula no dudó ni un segundo – Esta noche se queda a dormir aquí.- y claro, Ernesto conmovido por las evidentes pruebas no trato de hacerla entender la dificultad de enseñar a la perra una cosa con antecedentes en contra del educador, esa noche Brisa se enredó, pero a los pies de sus amos, con sus escasos 6 kilos es la manta eléctrica más cariñosa del mercado2.
1 Brisa nunca aprendió que no debe cruzarse con las piernas de los humanos o que detenerse bruscamente delante de la zancada de una persona puede ser contraproducente para las partes involucradas en el cruce.
2 Brisa no volvió a dormir en el pasillo nunca más. Si, por supuesto tuvo algunos intentos de apoderarse de un espacio propio de la cama, pero fue fulminantemente convencida de que la cama era para los tres a excepción de los bajos, donde entre cajas creó una madriguera para esconder aquellos calcetines y gomas de pelo que más le llamaban la atención, los restos de servilletas permanecen en la colcha.
Acerca de esta Entrada
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- Publicado:
- diciembre 14, 2008 / 7:58 am
- Categoría:
- Capitulo 1
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