La Comunidad del Ático. III

Hubo que esperar al fin de semana para terminar de llevar las miles de cajas y mochilas cargadas de ropa que se acumulaban en la habitación más grande, montar una cama con un colchón y hacer una lista con todas las cosas que necesitaban urgentemente para poder pecnoctar en casa.

 

Ernesto ya había acordado con un conocido que hacía reformas el arreglo del baño y de la cocina, pero había que esperar una semana para que empezase, tiempo para medir, diseñar y comprar los muebles y electrodomésticos que iban a vestir la cocina y los sanitarios del baño.

 

El sábado tocó visita al Ikea, el único sitio donde uno descubre la cantidad de cositas imprescindibles que no tiene y que le hacen la vida más cómoda y luego están los inventados, esos chismes que recuerdan a la casa de Tom Hanks en “Big” y que nunca hay espacio para ponerlos.

 

Increíblemente todo entró en el coche, armarios incluidos, ya en casa, con la ilusión de unos niños a pesar del desembolso realizado empezaron a desembalar y a montar muebles hasta la noche.

 

Lo primero que cambió Claudio fue el váter (anglicismo de water que se refiere al agua y no a lo que se lleva esta), así el lunes podrían dormir en la casa, aún sin cocina, ni ducha y con un baño tétrico donde brillaba un asiento blanco.

 

Esa misma semana empezaron los preparativos para pintar y otro millón de cosas que comprar, brochas, rodillos, papel, cinta de carrocero y la pintura, amarillo pastel para las paredes y blanco para las puertas que eran de un tono chocolate bien mirado. El martes por la noche empezaron con las estancias despejadas y con las puertas que había que lijar, Paula incluso había comprado un abrillantador para realzar los pomos y darles una segunda oportunidad.

 

Así, sin cocina y duchándose por las tardes en la casa de las respectivas suegras, sobrevivieron a su primera semana en el ático.

 

La semana que Claudio empezó a trabajar en la casa fue aún peor, al húmedo frío había que añadir la presencia 24 horas de los obreros picando, desescombrando y luego colocando los azulejos nuevos en cocina y baño, terminaban tarde ya que después de trabajar todo el día en otras obras se sacaban un extra con la mini-reforma pero eso es lo que pasa cuando se ajustan los precios.

 

Poco a poco la cocina y el baño mejoraban su aspecto, el baño fue relativamente rápido ya que solo hubo que picar para poder colocar el plato de ducha y después de colocar el lavabo solo quedaba alicatar el suelo. La cocina empezó a torcerse cuando llegaron los muebles, parecía imposible que todos pudieran entrar en ese espacio y hay que reconocer que sus peones sabían alicatar, picar o poner cemento, pero montar unos muebles de cocina y encastrar en ellos un horno, una vitrocerámica y el fregadero era una novedad.

 

Ya había pasado una semana desde que empezaron y lo que a priori era algo rápido se estaba convirtiendo en una obra de Fomento, con quejas de la vecina de abajo por los ruidos a las nueve, a las nueve y media y a las diez de la noche. Claro que si los chicos y Claudio hubieran decidido que dejar un dedo entre cada cajón no era lo habitual y que con un poco de silicona no se arregla todo puede que lo hubieran terminado antes, el caso es que cada mueble era un puzzle nuevo al que hacer más agujeros porque los que traía de fábrica no encajaban con los lugares donde decidían colocar la puerta.

 

Claudio cobró dos semanas y media más tarde, aunque por momentos parecía que nunca iba a terminar finalmente decidieron que la cocina estaba terminada, y esa noche Paula y Ernesto pudieron cenar en su casa, ya no necesitaban pasar agua por la cafetera eléctrica para tomar un té caliente con unas tostadas, al fin solos…los tres.


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