La Comunidad del ático. II

Las risas y las felicitaciones cruzaban de un lado a otro de la casa, Paula y Ernesto habían invitado a su nueva casa a los familiares de ella,  Rafael y su novia de toda la vida Elisa,  la hermana de ambos y la suegra, que había venido de Italia para pasar unos meses con Lucía. Pronto Rafael, contagiado de la ilusión, se mostró dispuesto a ayudar a limpiar todo aquello ese mismo sábado, hecho que no tardó en aceptar Ernesto.

 

Así, el Sábado por la tarde Rafael y Ernesto se encontraban solos en el Sexto A, en el centro del salón cubierto por dos centímetros de polvo. “Veamos, necesitamos una fregona, cubo, bayetas, una escoba y el recogedor, fregajsuelos, bolsas de basura y dos cervezas”. Bajaron al todo a cien, frase que nunca tuvo sentido, y se aprovisionaron con todo, luego fueron al chino, que era tan chino como el del todo a cien y compraron la cerveza.

 

Tras escalar con todos los bártulos dejaron todo en el salón, y se apresuraron a brindar con las latas charlando animadamente sobre los arreglos que se podían hacer aquí y allá, “tendrías que pintar las puertas…. y aquí podrías poner un toldo” señalaba Rafa, “ si, no es mala idea, aquí voy a poner una mesita con cuatro sillas y ahí unas plantas” contestaba Ernesto.

 

Llegó la hora y se distribuyeron el trabajo, uno barría mientras el otro fregaba después, “se nos ha olvidado comprar limpia cristales” gritaba Rafa desde el cuarto, “bajo a comprarlo” y en dos minutos Rafa estaba en la casa limpiando también las ventanas, su implicación en el trabajo era propia del mejor cuñado que se puede tener, era como si la casa la hubiera comprado él, estaba encantado.

 

Tal era la capa de mierda que cada habitación requería de al menos dos cubos de agua para ver el verdadero color del suelo, que era de un tamaño y diseño diferente según la estancia, lo que convertía fregar en una especie de descubrimiento arqueológico y que llevaba a la cabeza de Ernesto la idea de mantener la homogénea capa de polvo como una alfombra porque, ¿se podía poner algo más feo en el suelo?, indudablemente no y menos tan mal puesto, no había ni una junta que no estuviera bien cuadrada, en toda la casa había baldosas picadas a propósito, de otra forma no podía ser, y el suelo del baño era como poco anterior a Franco. El Sexto A pedía a gritos un lifting, una rinoplastia y silicona hasta las pestañas.

 

“Ufff… esto ya es otra cosa”,  suspiraba Ernesto con las manos en los riñones, “Siii, ahora ya parece una casa”, respondía Rafael, estaban terminando la cocina, la habían dejado para el final para ir reculando desde la entrada hasta el final de la casa y así no contagiar de nuevo el resto,  ensimismados y cansados tras cuatro horas de contrarreloj y tras haber parado a comprar bombillas para no quedarse a oscuras mientras terminaban, no se percataron de la presencia que se acercaba a ellos, de pronto una voz.

 

- ¡No abráis el grifo que me moja todo el techo del salón -, Ernesto y Rafael saltaron desconcertados, miraron al pasillo y vieron a una mujer, se miraron entre sí como quién quiere pregunta al otro si ha dejado la puerta abierta,  ¿cómo ha entrado esta persona en la casa? o ¿pero quién es esta y qué rayos hace aquí?.  ¿¡El grifo!?, pensó Ernesto, “pues lleva toda la tarde tirando agua” se respondió así mismo, “justo ahora que íbamos a terminar nos viene con este problema” pensó Rafael.

- Disculpe señora, ¿ quién es usted?.

- Soy Olivia, la vecina del quinto, justo debajo de ustedes, ¿ han comprado el piso, verdad?.  Me lo ha dicho el dueño, es que antes cuando abrían el grifo se me mojaba el techo del salón y lo he pintado hace poco.

- Perdone pero, ¿dice que tiene goteras?-, respondió Ernesto, ante el todavía perplejo Rafael.

-  Si, si, bueno ahora no, pero si quieren bajan y les enseño donde.

Sin entender muy bien y como a quién le acaban de echar un jarro de agua helada, Rafael y Ernesto acompañaron a la vecina al piso de abajo sin que esta no parase de parlotear mientras Ernesto y Rafael se miraban de vez en cuando tratando de confirmar lo que les pasaba por la cabeza, ¡ojo con esta!.

Entraron en su casa, que era el doble de grande ya que no tenía terraza y al llegar al salón la señora, continuando con sus explicaciones sobre los anteriores inquilinos y los problemas que le daban señaló con el dedo a una parte del techo.

-Pero…está seco, ahora no se ha mojado-, afirmó Ernesto, como si esa obviedad la fuera a detener.

La señora empezó a dar toda clase de detalles, encantada de ver a dos chicos jóvenes y tan bien educados e incluso se ofreció a quedarse con la copia de la llave que le había entregado el anterior dueño tras años de mantener el piso cerrado, copia de la llave que no declaró tener hasta que Ernesto le preguntó por ese detalle seguro de que él y Rafael habían dejado la puerta bien cerrada.

 

- No, no, ya no será necesario Olivia, ahora nosotros vamos a estar todos los días, pero si sucediera algo le dejo mi móvil para que pueda avisarnos, déjeme la llave, insistió Ernesto ante los ojipláticos ojos de Olivia que no quería desprenderse de sus terrenos como el señor feudal al que el Rey le quita las tierras para dárselas a un nuevo noble.

 

Tras este incidente, asustados por lo que pudiera pasar en adelante y tras haber llenado y vaciado cincuenta cubos de agua para fregar en el fregadero objeto de la antigua discordia vecinal, Rafa y Ernesto decidieron que lo mejor era recoger y marcharse a casa de la suegra donde las estarían esperando sus hermanas y así poder darse un baño caliente.


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