Capitulo 1. La comunidad del ático
Después de casi seis años juntos Paula y Ernesto decidieron que era hora de dejar de encontrarse todos los días por teléfono, o un fin de semana si y el otro también, para convivir juntos más de tres días. Era el momento de usar la mohosa cuenta de ahorro vivienda y hacer realidad ese sueño tan extenso, ir en pelotas en tu propia casa.
No fue fácil, hubo que visitar cientos de inmuebles, dar de alta infinidad de fichas de compradores, recopilar el mayor número de revistas de oferta inmobiliaria, visitar páginas de Internet, buscar carteles de venta y aprender un vocabulario que se rige por la oferta y la demanda.
Así, vieron pisos a reformar, con reforma a estrenar o para entrar a vivir, estos últimos correspondían a una clase de viviendas en venta que por lo general quiere decir “métase ahí si usted se atreve”. El elegido fue un pequeño ático popular, poca terraza y para arreglar, pero que poseía ciertos rasgos que lo hacían atractivo a sus ilusionados ojos y, “oigan, ¡qué precio!, esta es una oportunidad que yo mismo estoy pensando en comprar.”
El caso es que se ajustaba a su perfil de búsqueda, “sí cariño, hay que arreglarlo un poco, pero podemos pedir un poco más de dinero y poner la cocina y el baño, además el barrio tiene mucha vida.”
Un mes más tarde estaban en la notaría, los propietarios eran unos señores mayores que se habían jubilado y vivían en Alicante hace años, veinte por lo menos, el agente de la inmobiliaria que no hacía más que entrar y salir de la sala de espera con comentarios chistosos para aliviar la demora debía llevar su traje de gala y un maletín para hacer bulto. Dos horas más tarde de la hora convenida entraron en una de las salas de firmas, decorada con una biblioteca repleta de libros de tapa gruesa y un cuadro abstracto que obligaba a mirarlo detenidamente en un intento por descifrar su significado que parecía resistirse a los extraños.
El simpático director del banco entró en escena como si conociera a todos desde hace años, saludó correctísimamente a los presentes y se sentó junto a Ernesto y Paula para recordarles las condiciones del préstamo y hacerles firmar varios documentos e infinidad de copias, – la última es para ustedes, aquí, aquí y aquí-.
Sincronizado como un reloj suizo apareció el señor Notario Don Augusto Mendibil i Gracia, señor de notabilísima respetabilidad, piel tersa y bronceada y pluma gruesa.
El trámite oficial se quedó en una lectura de menos a más, esto es, la primera hoja de la escritura ocupó unos tres minutos mientras cotejaba los datos con los carnés y los rostros de las partes allí presentes, aceleró hasta la descripción de la vivienda y precio de venta, hizo alguna anotación en el lateral de varias páginas y pasó la escritura con la conformidad irretractable de todos.
Con la escritura de hipoteca fue más concienzudo lo que convirtió la firma de esta en una clase magistral de derecho hipotecario ante los ojos complacientes de todos los asistentes que, como si estuvieran gozando con el lujo de poder escuchar a un hombre de tal calibre explicar de una manera tan de andar por casa un texto científico-legal, se acomodaban en los asientos afirmando de vez en cuando con el dedo lo evidente de su explicación sin perder esa mirada inconfundible, ¡ vamos a cobrar!.
Algo más de media hora después Paula y Ernesto tenían en sus manos dos juegos de llaves del sexto A sito en el cosmopolita barrio de Usera, Madrid. Tras un tentempié donde todo eran ilusiones, risas, manos que se buscan empezaron a planificar la mudanza a su primera vivienda, la visita a los grandes almacenes del hogar quedaría para el fin de semana y la llamada a reformistas para habilitar el baño y una cocina compuesta por un fregadero y dos ventanas era tarea prioritaria.
- eso sí, esta tarde nos tomamos una cerveza en nuestra terraza cariño.-
- Y vemos nuestro primer atardecer juntos, amorcito-, añadió Paula, -¡qué feliz soy Ernesto, ahora todo va a ser maravilloso.-
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- Publicado:
- agosto 27, 2008 / 7:03 pm
- Categoría:
- Capitulo 1
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